sábado, 14 de febrero de 2026

PI-HUÉ

Se afirma que el ingreso del hombre, al ahora territorio argentino, data de entre 8 a 12 mil años.

 De las lenguas sumergidas por la imposición española han sobrevivido algunos términos, por ejemplo, el topónimo otorgado por los indios al paraje donde hoy se encuentra mi ciudad natal, lo llamaban Pi-hüé: “lugar de encuentro” en mapuche.

La ahora ciudad de Pigüé, está emplazada en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, en la transición de la llanura pampeana y las sierras de Ventania.

 



Esta zona, desde tiempos inmemoriales, fue ocupada o frecuentada por cazadores-recolectores que ocuparon el valle y sierras de alrededor. La descripción de estos grupos resulta bastante confusa, se los menciona con denominaciones diversas y no siempre es posible precisar si se trata de los mismos grupos o si esas diferencias responden a distinciones reales.

Si se tiene en cuenta las referencias topográficas, puede decirse que fueron Pampas y Serranos. Si se tiene en cuenta textos antropológicos: tehuelches, mapuches, araucanos.

Si se sigue las fuentes primarias (libros, mapas, crónicas): Chechehet, Diluihets, Pehuenches, Gununa kuna, Genaken, Taluhets, Tehuelhets, Tehuelchus, Aucas, Patagones, Tehuel-kunny, Leuvuches, Calille-het, Chulilau eunnees, Sehuaun-cunnes, Yacana-cunnees y Vucha-Huilliches. (2)

A partir de mediados del siglo XVI (1580) -8500 años después del ingreso humano a territorio argentino-,  comenzó el asentamiento definitivo de los españoles en las costas rioplatenses. Las formas de vida de las comunidades indígenas, en los siglos siguientes, se transformaron radicalmente como resultado del contacto con los europeos y también de la expansión araucana desde Chile.

Sobre fines del siglo XVIII y sobre todo en el XIX, se produjo la expansión mapuche y la araucanización de las comunidades originales, que adoptaron su lengua —el mapudungun— y costumbres, conformando una red de cacicatos. La zona fue entonces ocupada por los mapuches (araucanos) y los tehuelches araucanizados.

Cuatro siglos de guerras, alianzas, parlamentos, traiciones y masacres, condujeron a la “solución final”, cuyo desenlace se produjo en la década del 70 (1879), con la finalización de la llamada “Campaña del desierto”.

La derrota de los líderes indígenas en las campañas militares de 1858  —derrota del cacique Calfucurá en la Batalla de Pi-hue— y 1876  derrota del cacique Juan José Catriel en Cura Malal significó el colapso de su dominio territorial justo antes del establecimiento del asentamiento colonial europeo en 1884.

 Dice la crónica de un suboficial identificado con la “Campaña del desierto”:

 “Las tribus que pasaban por estos parajes, solían llegar a las sierras de la Curá-Malal (corral de piedra) donde sus artesanos seleccionaban piedra y construían instrumentos de guerra. En sus marchas hacia el Norte o Noroeste, llegaban al Pihüé-Leuvu en procura de agua, y luego seguían por el paraje de Huaglén, que era la salida del corral de piedra, en la ruta a la tierra de los cristianos, o a las salinas de Epecuén-Lavquen, pasando por Huilqué.

Saliendo del Pihüé, y tomando la ruta al Callvú-Leuvu, se hallaba el paraje denominado Curú-Malal, avanzada de la guarida o refugio mencionado.

La guarida era el sitio preferido por los indígenas, la gran quebrada del terreno los ponía al abrigo de la inclemencia del tiempo, y fuera de la visual de las tropas nacionales que practicaban las rastrilladas del “desierto”.

En este paraje, el arroyo formaba un estancamiento de agua o laguna corriente, la Pihüé-Lavquen, en donde crecían huncos, cortaderas, lengua de vaca, etc., y habitada por grandes bandadas de patos, gallaretas, cuz.cu-u-u, teru-terus, tucu-tucus, peludos, vizcachas, guanacos, ñanduces y otras especies, y sus contornos ofrecían el suelo cubierto por una tupida alfombra de quellén (frutilla silvestre), muchas veces solía ocurrir que en las rastrilladas, las tropas nacionales se hallaban con los indígenas, degenerando en sangrientos combates.

Los partes de los comandantes de línea citan los sangrientos combates del Pihüé, y dan como lugar la laguna, que no era ni más ni menos que un simple cañadón. La conquista del desierto nos ofrece sus tierras ensangrentadas, espantosa aniquilación de hombres, que sucumbían a montones. Los unos en el ejército de línea; los otros, en los desolados fortines".(3)  

(el suboficial omite la sangre indígena)

(el suboficial no describe un desierto)

 Dice Saer al respecto del proceso de anexar tierras indias:

“En el proyecto gubernamental de anexar las tierras indias, dos actitudes se hallaban en conflicto: una que preconizaba la guerra ofensiva y el exterminio, que acabaría predominando con la masacre final de 1879; la otra, más moderada, prefería optar por la guerra defensiva, las alianzas, el poblamiento gradual del desierto mediante la instalación de colonos y pequeñas guarniciones militares, hasta llegar a una paz duradera con los indígenas; el representante principal de esta tendencia fue Adolfo Alsina cuya muerte prematura  en 1877 dejó la vía libre a los partidarios de la guerra ofensiva. A partir de esa fecha, la empresa de la “civilización” no fue más que un pretexto para la consolidación de los grandes latifundios del sur de la provincia de Buenos Aires y de la Patagonia, constituidos con millones de hectáreas que supuestamente debían ser distribuidas a inmigrantes y colonos”. (4)

 Tras la campaña Militar —1878 /1879—, el gobierno nacional incorporó vastas extensiones de tierras al dominio del estado. Esas tierras fueron repartidas como propiedad privada entre militares, políticos y allegados.

En paralelo, Argentina impulsaba políticas de inmigración para poblar y producir en estas tierras. Se fomentaron colonias agrícolas, sobre todo de inmigrantes europeos.

En Julio de 1878, el gobierno de la provincia le otorgó al Teniente Coronel Ángel Plaza Montero, 120 leguas cuadradas de campo como concesión, para fomentar la cría de caballos. Este, terminó transfiriéndoselas a Eduardo Casey quien consiguió apoyo financiero  en Londres para sostener el proyecto. En 1883 Casey conoce a Clément Cabanettes, joven oficial de reserva del ejército francés, y le vende 27000 hectáreas para dar cumplimiento a la disposición de poblar y colonizar, estableciendo una colonia agrícola. Cabanettes ve en François Issaly la persona adecuada para llevar a cabo la campaña  de información y reclutamiento de familias en Aveyron-Francia y así organizar el contingente colonizador. Se trató de un proyecto cooperativo, con división de funciones entre Cabanettes en Argentina e Issaly en Aveyron. Issaly llegó con aproximadamente 40 familias a las tierras prometidas. La fundación de Pigüé fue entonces el 4 de diciembre de 1884, con la particularidad de ser la única colonia francesa en Argentina y abierta a colonos de otras nacionalidades.

*

Mi abuelo paterno, Ginés Martínez, proveniente de Murcia-España, llegó con 15 años a Argentina, acompañado por sus padres y su hermana en 1912, veintiocho años después de fundado Pigüé. No dispongo información de las fechas de llegadas de los otros ancestros (bisabuelos) pero estimo que lo hicieron  un poco antes, mayoritariamente de España, mayoritariamente vascos. Solo una bisabuela materna era de nacionalidad francesa. Todos terminaron asentándose en Pigüé, o en la zona, y la mayoría fueron agricultores.

No cuento entre mis ancestros pobladores originarios.

Me reconozco y con gratitud, fruto del amoroso encuentro de mis padres en el Pi-hüé.

Celebro el compromiso de los descendientes con la memoria de la aventura vital que emprendieron los primeros colonos, pero pienso que, por respeto a evidencias históricas y a una memoria compleja, densa, sería necesario dar protagonismo, sacar de las sombras, a los primeros habitantes del lugar, cuya exclusión y exterminio fue condición de posibilidad de su establecimiento en esas tierras. Situada en esta simbólica territorialidad, donde se escuchan historias de allá y de acá, busco ratificar que este mundo exige de nuestra intervención. Que nada es natural, que podemos  transformar nuestra relación con el estado de las cosas, de las historias, de las narraciones, que el sentido de lo posible no deja de renacer.

“Lo histórico no está dado, se construye desde el presente y desde las luchas del presente." (1)

[1] Piglia Ricardo – Antología personal – El escritor como lector – (p.91)

[2] Gonzalo Iparraguirre- Historia y Sociedades Indígenas de Ventania- EdiUPSO.

[3] Monferran Monferran, Eugenio Ernesto (suboficial de la Armada) – Fundación de la colonia francesa y Pueblo de Pigüé - 1955

[4] Saer, Juan José -El concepto de ficción

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...